ALTA TENSIÓN -Relato de alto voltaje-

Alta tensión es el segundo relato que aparece en Planeta Eléctrico -Relatos de alto voltaje- Libro de Raquis Creativa publicado en verano de 2020, extraños tiempos de pandemia, que condicionó aquel remoto planeta de SXXI, afectado por un virus letal que destruye cruelmente y empobrece a la población. Human Covid lo llamarán. En esta entrada puedes disfrutar de todo su contenido bajo licencia Creative Commons: Poema, texto, ilustraciones y ficción sonora, versión en audio del relato, narrada y ambientada para escuchar contigo mismo o con otros animales.

ALTA TENSIÓN- POEMA DESPLEGABLE (Pinchale)

Caminante del tempo finito
viaja en clandestinidad,
hacia un destino no escrito
en busca de la verdad.
Hijo de la energía,
adicto a la electricidad.
La ruta del cable infinito
alimenta su necesidad.
Cavilante ser divergente,
preso de la aceleración.
La agitación es delito
y provoca sedición.
Experimenta la razón
con cerebros y dinamita.
Explosivo corazón palpita,
a ritmo de Alta tensión.

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ALTA TENSIÓN- RELATO DE ALTO VOLTAJE-
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Alta tensión

Amanece. Despierto helado y desconcertado. Perdido en la inmensidad de la nada, en medio de un páramo desértico. No sé qué ocurre, ni qué hago aquí. Unos buitres sobrevuelan. Me olfatean cual cuerpo inerte que espera ser devorado. Sentado en el suelo, con la espalda apoyada en una enorme torre eléctrica que se eleva hacia el cielo, me da por pensar. Pensar en huir, pensar en trepar. Observo desde abajo la gigante estructura metálica, que soporta gruesos cables
eléctricos. Llenos de vida, quizá. Resulta tan intrigante que la energía viaje a través de ellos. Imagino el viaje… poderoso, veloz. Único en su condición. Siento el deseo y la necesidad. Sin más pensar, comienzo a trepar.
Erguido en lo más alto, diviso el horizonte. Me estremezco al contemplar una línea infinita de cableado, más allá de lo que me alcanza la vista. El resto del paisaje es invisible. Mis músculos han entrado en calor. Los carroñeros desaparecen. El cable es ahora la motivación y el siguiente soporte, el objetivo. Comienzo a andar, haciendo equilibrio por el cable que hace llegar la luz a tu casa. Si sigo caminando te encontraré. La vida ha cobrado sentido. La vida me exige, alto voltaje.
Incansable, siento recargar las fuerzas al caminar. Genero mi propia energía, la transformo una y otra vez, como una dinamo en bucle que consigue hacerme no parar y volver a empezar, sin nunca haber terminado. Camino imparable por encima del cable. Solo pienso en mí y en él. Estoy cómodo siendo el único transeúnte que se desplaza de este modo. No tengo que dar explicaciones a nadie. Solo escuchar la llamada de mi interior. Esa inexplicable sensación que te empuja a tener actitudes, no necesariamente correctas, pero inevitables. Inmerso en un éxtasis eléctrico, vuelo por encima de la corriente, en constante persecución de un fin, que ni siquiera conozco. Un final que no existe, jamás puede llegar. No puedo parar. No quiero acabar. Siento la fuerza de la energía en transformación bajo mis pies y la absorbo para aprovechar más el tiempo, que nunca se detiene, pero se desvanece si lo dejas pasar. Degusto cada momento. Apuro las sensaciones y recorro kilómetros en el espacio abierto, guiado por un cable interminable, que me ha hecho volver a creer. A creer en mí. Un viaje intenso y acelerado, superior a cualquier experiencia anterior. Emociones fuertes más allá de lo racional hacen que me sienta vivo. ¡Necesariamente vivo! ¡Necesariamente eléctrico!
Pierdo la cuenta de los cables que he pisado, de las noches que han pasado, de los días que ha salido el sol. De las lunas, las tormentas o los vientos. Nada importa. Solo la corriente y mi persona. No valoro otra opción que seguir caminando. ¿Qué otra cosa podría hacer? Es como si antes nada hubiera ocurrido. Pero no puede ser, o eso creo. Igual mi madre es la luz y mi padre la corriente y nací aquí, al
calor de la conductividad, destinado a formar parte del ciclo de la energía. Educado para ser, alta tensión. Me siento incombustible, insuperable, inigualable. Situado en un espacio intransitable para el común de los mortales. Estoy a gusto e inspirado. Nada importa más allá de la aceleración. Sin el más mínimo titubeo, cual trapecista en la cuerda floja, camino y camino por encima de los cables de alta tensión y cada vez estoy mejor. Nadie jamás hizo algo semejante. Los libros de historia esperan mi nombre, para contar las increíbles vivencias del hombre eléctrico.

—Narrador: «Corren tiempos difíciles para las mentes divergentes. El protagonista de la historia, disfrutó su viaje, sin saber que se consumía por dentro a velocidad inimaginable. Creyéndose imparable, se enfrentó a la adversidad y contradijo lo establecido. Pero un acto de tal magnitud, llegó a oídos de Dios, que todopoderoso, extendió las garras del estado para pasar cuentas de lo ocurrido».

Dicen, que la falta de sueño, provocó daños irreparables en el cerebro. Visiones divergentes, estados alterados de conciencia. Alucinaciones que se mezclan con la realidad.
Pero, —¿de qué realidad? —les pregunto—. Lo que he vivido es tan cierto como las montañas nevadas. Para mí es mucho más válido que sus pulcras vidas llenas de mentiras e hipocresía. ¿Qué es este lugar? No logro descubrir en qué espacio me encuentro, ni el tiempo que llevo atado a esta camilla de antiguo sanatorio de enfermos de tuberculosis. Me siento como un mono de circo maltratado e incomprendido. Cada vez que duermo, me veo caminando por cables de alta tensión. Siempre el mismo recuerdo, el horizonte lejano y la aceleración divina.
Encerrado en la rueda de un hámster de laboratorio, aturdido y bloqueado. Estoy, que no sé quién soy. Necesito escapar para volver a encontrarme y burlar las garras de este monstruo que me acosa. Esta gente extraña no comprende nada. ¡Lo he contado infinitas veces y nunca le encuentran sentido! Les pido un cuaderno y un bolígrafo y sorprendentemente me lo dan sin preguntar

—¡Escribe ser extraño! ¡A ver si así podemos entender algo! —dice fríamente, el científico chiflado.
Con las armas en la mano me relajo y comienzo a relatar el viaje más profundo e incomprensible de mi vida.

 —Narrador: «Era un día especial en el hospital. Las mentes científicas más perversas se reúnen con la única intención de conocer el caso del Hombre eléctrico».

Narices puntiagudas, ojos saltones y caras arrugadas me observan maniática y obsesivamente, como si buscaran algo, que en ningún otro lugar existiera. Me ponen nervioso. Me sacan de quicio. —¿Nunca antes habéis visto una persona? —Chillo con todas mis fuerzas—. Ignoran y murmuran. Entiendo entre ruidos, que no puedo pretender ser una persona corriente. « ¿Continua o alterna?». Pienso. Y sigo intentando escuchar las maquiavélicas teorías de la ciencia-tortura:
—Su mente, es un laboratorio capaz de sintetizar la fórmula mágica de la transformación.
—Posee poderes no conocidos, potencialmente peligrosos, si no los controlamos.
—Sus venas son una fuente de energía muy potente. ¡Podrían alimentar el consumo de un polígono industrial!
—Su cerebro es un jeroglífico indescifrable, que guarda secretos altamente codiciados por la humanidad, como puede ser la fuente de la eterna juventud.
—Es deber de la ciencia estudiar en profundidad este caso y ceder los resultados de nuestro trabajo para el beneficio de la población. No podemos especular. Todavía no somos conscientes de los secretos que guarda este extraño ser en su interior —sentencia la jefa del grupo.

Tengo cables en todo el cuerpo. Un casco me oprime la cabeza. Apenas puedo respirar. No dejarán que muera. Demasiado importante para perderme. Hay luces deslumbrantes y sonidos irritantes. Si no estuviera atado con correas, los dientes de ese cerebrito apestoso estarían en el suelo. Estoy cabreado, aunque ligeramente excitado. Siento un cosquilleo agradable, que se convierte en escalofrío. Un
latigazo galáctico me recorre de pies a cabeza. Recargo la energía, tanto que casi levito. Grito de placer. Desorbitado, creo estar resucitando. En el summum del orgasmo, una fuerte descarga eléctrica escapa por el pincho metálico del casco opresor y funde la máquina endemoniada que controla mi palpitar, prendiendo fuego los cables que la conectan a la red. Soy la fuerza del rayo, que no cesa en su intención de electrocutar al tirano.
La situación se pone a favor. El desconcierto de los médicos es demencial. La escena parece más una feria ambulante de engendros, que un laboratorio de experimentación. Sus caras de terror me reconfortan. No sentía nada parecido desde justo antes de caer de lo más alto de la central eléctrica. No consigo recordar qué provocó la caída, pero después de conocer la falta de valores y los pocos escrúpulos que tiene el sistema con los que no encajan en él, no creo
confundirme al afirmar que me abatieron. Me cazaron cual
animal sin nombre. Estoy seguro de que no me caí. De otro modo no me hubieran despertado del éxtasis eléctrico.
Tras aquel espectáculo dantesco, despierto encerrado en una cámara sellada de máxima seguridad. Paredes transparentes plastificadas protegen el vacío absoluto de mi soledad. Creo estar en el espacio exterior, entre la nada y los nadie. Flotando sobre gases químicos de una galaxia tóxica que se derrite y desaparece. Cuerpo y mente a la deriva. Debilidad y confusión. Rabia e impotencia.


Cuatro vigilantes armados miran con más miedo que asco, mientras escupen lapos pegajosos que se deslizan por la pared. Parecen salamanquesas, como las que veía desde la ventana de la parcela que habitaba. ¡Increíble! ¡Es la primera vez que tengo un recuerdo anterior a la experiencia eléctrica! Me siento aliviado. Empezaba a no saber quién era. Un simple pensamiento, me da fuerzas y me ayuda a despertar. Estimulo las neuronas, con sencillas cuentas matemáticas
o tarareando viejas canciones. Recuerdo como olían los prados frescos, los montones de fiemo, la cebada recién cortada o aquella planta que fumábamos y tanto nos hacía divagar, sobre las posibilidades de un mundo en paz. Incrédulos revolucionarios fuimos, en algún tiempo y lugar que no acabo de situar, pero solo el transportarme a él, me da fuerzas y convencimiento para burlar el despiadado sistema carcelario al que estoy sometido. No cometí ningún crimen. No tienen derecho a pisotear mis decisiones. Escaparé aunque me cueste la vida, pero no me puedo precipitar. La seguridad
es muy alta, ante la gran amenaza de mi mente. La más querida y temida por esos locos de bata blanca. Sin duda, mi mejor arma.

Recuperar la noción del tiempo. No tengo ni idea, de cuántas horas, meses o años, han pasado desde que todo empezó. Me planteo cosas como: ¿De qué me estoy alimentando? ¿Dónde estoy meando o cagando? No hay restos de nada y creo que nadie entra en la cápsula. ¡No puede ser! Estoy irritado. Cambio de parecer y de carácter fácilmente. Sufro otro ataque de ansiedad. Grito compulsivamente y me retuerzo entre espasmos hasta conseguir liberarme de las correas. Golpeo las paredes con todas mis fuerzas. La ira se apodera. Desespero rabioso hasta caer exhausto en el suelo.
De nuevo, despierto en una cama de hospital, atado de pies a cabeza. Hinchado, dolorido por los golpes y con tubos pinchados en casi todas las venas de mi cuerpo. Entristecido, con lágrimas en los ojos, echo en falta mi vida. Estoy harto y desesperado. Cansado de tanto médico, de tanta aguja y sobre todo de la falta de percepción de la realidad. ¡De mi realidad! Por momentos siento ganas de morir, pero este psyco-presidio, me lo tiene totalmente prohibido. Y si algún día llega la ansiada liberación, querría estar vivo para disfrutarla y contarle al mundo lo ocurrido. —¡Enfermera! ¡Un transistor! ¡Necesito un transistor!
Soy una montaña rusa de sentimientos y actitudes, encadenada
a la piedra más firme y oculta del sistema. Estoy consciente y no demasiado débil. Siento la salamandra trepar por el cuello.
—¡Enfermera! ¡Un transistor! ¡Necesito un transistor!
Sigo en mi empeño, de saber en qué día vivo, pero me ignoran una y otra vez. Solo quieren que hable, cuando ellos preguntan. Siguen intentando averiguar, qué sé yo de mis entrañas. Están empeñados en que firme unos papeles que no me permiten leer.

—Por tu seguridad —dicen—. La excusa de siempre. Me hacen sentir especial con tanta contemplación y estudio. ¡No entiendo nada! ¡No entienden nada!
—Dame una radio, ¿quieres? ¡Un maldito transistor!
Empiezo a sentirme gustosamente drogado, físicamente anestesiado, con la mente explayada y delirante. Esta vez acertaron con los químicos. Si no me dan el transistor, encenderé la radio que llevo dentro.


Convierto la sala en un estudio e imagino ser presentador,
de un programa de Rock macabro, para marujas anfetamínicas
y otros dementes de las ondas. En un arranque de necesidad, comienzo a locutar:
«Buenos días tardes noches, o lo que quiera que sea. Bienvenidos a este programa único. El más grandilocuente espectáculo de las palabras prohibidas».
«Emitiendo desde el hospital de la locura, para todos los científicos chiflados, enfermeras, médicos y demás pacientes que habitáis, en este podrido laboratorio humano.
Desde la habitación 666, les habla el residente más temido, con más agujas clavadas en la cabeza que el ovillo de costura de mi abuela».
«Les invito a llamar y confesar sus pecados. Contar las penas a desconocidos, será el mejor tratamiento para la desesperación suicida. Colaboren, moribundos psyco-oyentes. Busquen en lo más profundo de sus traumáticas miserias, acérquense a pedir auxilio y nos comeremos su corazón, en riguroso directo».
«Hoy tenemos un invitado especial, con voluntad de mostrar al mundo los secretos de su privilegiado cerebro. Toda una vida dedicada a la investigación mental».
Y dígame, amiguito: —¿Qué le perturba? Cuéntele a los fanáticos pirados, seguidores del Psiquiátrico Radio Eléctrico, ¿qué hace alguien como usted, atado a una silla eléctrica? ¿Un estudio por su cuenta y riesgo? ¿Por qué le sangran los oídos? No conteste todavía. Antes, le clavaré mi mejor cuchillo oxidado en el cuello. Se sentirá mejor. Responda unas cuestiones:
—¿Qué pretende conseguir infectando y modificando mi cerebro? ¿Acaso esperáis encontrar en mis neuronas, la solución contra la apatía y el conformismo? ¿La fuente de la eterna juventud? «Perdéis el tiempo. Mi abuelo reveló el secreto, pero el ácido, deshizo la esperanza y poco más soy capaz de aportar al mundo, encerrado en condiciones deplorables».
—¿Qué ocurre? Hable cerca del micro, para que se entienda.
No se preocupe por el perro. Se comió su lengua envenenada,
pero no morirá. Ahora masticará su cerebro.
«Ya queda menos, salvajes desquiciados. Escuchen los gritos del torturador torturado. Su cráneo abierto, no vale más que el astral clavado. ¡Acérquense y muerdan, locas desquiciadas! Mientras se desangra, seguiré contando como satisfacer la sed de los desfavorecidos.
Invertí mis fuerzas en buscar un futuro digno. Romper con lo establecido fue necesidad. Lo convencional es irracional. De nada soy culpable. No dañé, ni ofendí. Solo caminé por los cables, en busca del principio del fin. ¡Y lo encontré! Pero me quitasteis la libertad y con ella la vida».
«La historia del hombre eléctrico es verídica e inimitable, como el calor del sol. Increíble pero cierta. Mercenarios del poder, que intentáis apropiaros de ella, no conseguiréis cambiar uno solo de mis pensamientos. ¡Resignaros, mediocres humanoides fracasados! Dejar volar las águilas en el cielo abierto, libres del pecado de sobrevivir».
«Perdonen mi sucio y alterado lenguaje. Me despido desde el Psiquiátrico Radio Eléctrico, el rincón oscuro de la experimentación sin escrúpulos. Los restos del Líder se los comerán los buitres. El olor a putrefacto, mantendrá vivo el recuerdo, del placer más tenebroso. Llegó el momento, mis rabiosos sanguinarios. Es la hora, de la electrocución total. Hasta siempre, queridos desgraciados».
El apagón, iluminó para siempre la imaginación.

Apenas puedo abrir los ojos. Oscuridad tenebrosa. Fatídico malestar. Olor a podredumbre y miseria. Las lágrimas empañan mi corazón. Soy un amasijo de golpes, tirado en un sucio rincón cubierto de sangre y orina, gimiendo desconsolado. Si no hubiera despertado, me hubiera ahorrado un dolor inimaginable. Todo está perdido. Ni siquiera puedo
suicidarme. Desesperación fatal. Me imagino de monigote en ferias científicas, atado y exhibido, como el hombre de la luz, recargando baterías de teléfono móvil a los visitantes. No sé qué es peor, que todo acabe, o que vuelva a empezar. Mi única esperanza, es que aquellos retorcidos perversos que me atormentaron, despierten cada noche con la misma pesadilla: viéndome sonriente, caminar por los cables.

Se abre la compuerta del zulo donde estoy secuestrado. Al caer, creo ver una furgoneta negra que se aleja por una sinuosa carretera en medio del desierto. Derramado cual escombro, ruedo barranco abajo hasta impactar con el principio de la historia. Obnubilado, veo entre tinieblas una torre eléctrica de alta tensión. Instintivamente me arrastro hasta ella, cual mamífero a la leche de su madre. Es entonces
cuando apareces tú, con un transistor encendido, que parlotea del éxito de un estreno de cine. Trata sobre un extraño ser que camina por cables de alta tensión. Nos miramos firmemente, reconociendo nuestros rasgos.
—El Hombre eléctrico —dices—, guiñando un ojo y tendiendo la mano para levantarme. La oferta es tentadora y tus gestos me estimulan.
—Gracias, pero encontré mi lugar. Pasaré a verte por casa, una noche de tormenta. Nunca apagues la luz de los ojos que iluminan.
Asciendo por los perfiles metálicos sin mirar atrás. Llego hasta arriba y comienzo a caminar por los cables de alta tensión, para toda la eternidad.

—Narrador: «Así termina la historia del Hombre eléctrico. Su cuerpo y mente sirvieron a la ciencia para experimentar y descubrir. Su caso fue estudiado por las más expertas cabezas pensantes y pasó a la historia como el mayor de los trastornos sufridos y conocidos por la humanidad; la Locura eléctrica. Nadie fue juzgado por lo sucedido en la oscuridad de laboratorios secretos».
«La investigación nunca se dio por cerrada. Su origen sigue siendo una extraña incógnita, sin embargo se consiguieron resultados y no precisamente, para favorecer a la gente. La homogeneización de una actitud sumisa, se convirtió en obsesión y con sutil represión, consiguieron el control total de unas vidas robotizadas, que no sienten ni padecen. Producir, consumir y morir. Ya no existe la privacidad de las personas. Incluso el pensamiento del individuo está restringido y saboteado. Cerramos las puertas con llave, pusimos rejas a las ventanas, perros guardianes y alarmas de seguridad. No sirvió para nada. Se metieron en la intimidad de cada casa, a través de la misma red eléctrica que nos trae la energía al enchufe o a la bombilla. Así te investigaron y aprendieron a manipularte, cotidiano habitante, de este planeta mutante, al que solo podrás hacer frente, con la electricidad de la mente».
« ¿Quién iba a imaginar, que el cerebro es un ordenador,
programado al antojo de los que conducen tu vida?»

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