LA DIRECCIÓN DE LOS RÍOS. -RELATO DE ALTO VOLTAJE-

La dirección de los ríos es el cuarto relato que aparece en Planeta Eléctrico -Relatos de alto voltaje- Libro de Raquis Creativa publicado en verano de 2020, extraños tiempos de pandemia, que condicionó aquel remoto planeta de SXXI, afectado por un virus letal que destruye cruelmente y empobrece a la población. Human Covid lo llamarán. En esta entrada puedes disfrutar de todo su contenido bajo licencia Creative Commons: Poema, texto, ilustraciones y ficción sonora, versión en audio del relato, narrada y ambientada para escuchar contigo mismo o con otros animales

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-LA DIRECCIÓN DE LOS RÍOS– POEMA DESPLEGABLE (Pinchale)

Duda el ser, de ser humano. Desterrado animal destinado, a buscar la libertad, o vivir hasta ser enterrado.

La razón de su existencia no acierta a comprender y el pecado original, es copiado, al parecer.

Observa el hombre el universo. Una estrella muerta brilla al caer. La mujer lo cuenta en forma de verso. La humanidad debe responder.

Un aullido en el cielo destella. Se ilumina la Tierra, salvaje y bella. Madre de todas ellas.

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-LA DIRECCIÓN DE LOS RÍOS– RELATO DE ALTO VOLTAJE-
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La dirección de los ríos

Desnudo, corro por los prados para sentirme vivo y ol­vidar todo lo anterior. Miro al cielo y respiro. Me juzgo y me acuso a mí mismo. Cumpliré la sentencia. Ser un humano animal. Regresar al bosque. Romper las cadenas.

Lo material quedó todo en aquella árida montaña, es­caso de contenido. Una tea y una chispa hicieron el resto. Fuego para purificar. Continúo sin problemas.

—Lo necesario está dentro de ti —dijo una voz—. Los demás estaban ahí, pero nadie lo escuchó. ¿Por qué no les llegó el mensaje, si también tienen oídos? Cuentan los cien­tíficos, que no todos los cerebros se desarrollan de la misma manera. Los intentan estudiar, pero sigue habiendo miste­rios, imposibles de descifrar.

Me parece escuchar a Pink Floyd, aunque el sonido es lejano. Es imposible. No tengo nada, ¿o lo tengo todo? Me tengo a mi mismo. Atento, consciente. Nervioso, impacien­te… consigo relajarme. Ahí está el sonido, un placer para mis oídos.

«No necesitamos esta educación. No necesitamos con­trol del pensamiento».

Virtuoso, intrigante, demoledor mensaje.

La aguja del vinilo ha recorrido todos sus surcos. Al ir a darle la vuelta, allí no había nada. Tan solo el cuerpo y la mente, del ser presente.

¿La evolución transformó la humanidad, o viceversa?

Sigo mi recorrido, sin plano ni destino. Un gran lago de montaña aparece delante. Agua pura y brillante, donde el atardecer refleja la ilusión y el cansancio de la mirada. El entorno me invita a reposar, como si fuera mi hábitat natu­ral. No recordaba esta sensación. Me siento a gusto y en paz, sobre todo conmigo mismo.

Al caer la noche, en el infinito y brillante cielo, busco más allá de las estrellas a un viejo compañero. Diviso la constelación y contacto con Orión. Le pido que valore la si­tuación. ¿Realidad o ficción? Tal vez perdí la razón, pero hay algo que me empuja. Alma libre en la oscuridad destella. Un aullido rompe la calma nocturna. Su respuesta fue con­tundente. Debía buscar en mi interior. Sabio y salvaje con­sejero. Tu esencia lobezna sigue a mi lado, mirando al cielo, aullando a la luna y fortaleciendo las convicciones.

Una impresionante tormenta me obliga a buscar refu­gio. Una cavidad de la pared, servirá de cobijo para dormir. Ahí fuera, el agua de lluvia choca fuerte contra la roca como si la quisiera resquebrajar. El sonido de los truenos es tan potente, que parece que el mundo vaya a romperse en peda­zos. Espadas de luz viajan verticales del cielo a la tierra, ilu­minando hasta el último recoveco de la pequeña cueva. La energía circula por las venas. Los ojos se quieren salir de las cuencas y el cerebro no deja de desarrollar ideas sin orden ni precisión. La tormenta eléctrica está dentro de mí. ¿Será la luz que guíe mi vida?, ¿o solo indica la salida de emergen­cia? Tras el gran estruendo, la profunda calma. Me entrego al descanso para recuperar.

Despierto sin dudas. Sin sospechas ni malos augurios. Más sereno, tras el reposo del sueño profundo. Los sueños, tranquilos y misteriosos. La energía eléctrica de la tormenta circula por mi sistema, canalizando la fuerza, potenciando la decisión y equilibrando el espíritu.

Una pasarela de madera sirve de puente para cruzar el lago. Obra del ingenio humano. Es perfecta, firme y dura­dera. Serena y estable, como el momento. Nado con ímpetu y seguridad hasta la otra orilla. Unos corzos beben agua cerca de mí. Al verme, escapan corriendo. Miro al horizonte y recapacito sobre lo aprendido. Ayer entendí algunas cosas. Parece ser, que la búsqueda de la verdad resulta infinita. Por eso, mi objetivo inmediato es buscar. Nada en concreto. Solo seguir buscando.

El estómago me ruge. He de satisfacer una necesidad primaria. Improviso un lazo, con la rama flexible de un ar­busto y lo coloco estratégicamente. Mientras recojo unas raí­ces y frutos silvestres, un pequeño mamífero cae en la trampa. Grita desconsolado, privado de libertad. Casi entre­gado a su futuro inmediato: alimentarme. Con la certeza de que nadie tiene la absoluta razón, le doy gracias y acabo con su sufrimiento. Con una hoguera tuesto la carne y sacio el hambre de mi organismo.

Ya no me planteo que hago aquí, al igual que el agua que forma el lago, nunca lo hizo. ¿Será este el medio para alcanzar algún desconocido objetivo? ¿O solo es el fin y la meta principal ya la he conseguido? Decido vivir con la se­gunda opción, aunque nunca se sabe. El poder de la duda convierte en pura incógnita la inmediatez. Es capaz de dar la vuelta a la propia gravedad. La vida sigue siendo una su­cesión de hechos que afrontar y así intento mirarla, con los ojos del que habla.

Camino silbando una vieja canción, que ya ni recor­daba que conocía. Es la melodía que faltaba para normalizar la situación. Pero claro, ¿quién dicta la norma de la norma­lidad?, os pregunto. En la civilización de la que procedo, las modas marcan el camino a seguir de la mayoría. Las supues­tas necesidades que el sistema crea, te convierten en esclavo y dependiente del mismo. La naturaleza tiene sus reglas, pero nadie las impone. El ecosistema te absorbe y la simbio­sis es constante. Es lógico respetar unas normas en las que todos los seres cumplan una función y salgan favorecidos de algún modo. Sin embargo, es comprensible que las reglas es­tablecidas de la humanidad, sean rechazadas por gran parte de la población. Son injustas, crean tremendas diferencias y demasiados privilegios. Observo la organización de los ha­bitantes del bosque. «Es la ley del más fuerte, pensarás. No es racional». Ya, pero es justa y equilibrada. El ser humano puede complementarla y mejorarla, con sus infinitas capa­cidades, o seguir alimentando el monstruo caníbal que ha creado, hasta destruirlo todo. El animal, lo hizo por instinto. La humanidad tiene que decidir.

La música es parte de la vida, también en el bosque. Mientras aprendo a disfrutar de los sonidos armónicos del medio, aprovecho cada melódico recuerdo, para convertirlo en banda sonora.

La fauna se comporta de manera natural. Los herbívo­ros desconfían de los carnívoros. La cadena trófica está ante mí. Somos parte de ella. Es responsabilidad del ser humano ocupar su lugar. No debemos ignorarlo, ni querer variar nuestra posición. Sí, apartarnos de la crueldad, o formará parte de nuestro modo de ser, como sucede en el mundo del que vengo. Aceptemos que el ser humano es un animal.

Aunque tenga la capacidad de pensar, no lo hace superior al resto de seres, como pretende. Tenemos conciencia y sabe­mos almacenar el conocimiento como ninguna otra especie, pero el empeño por separarnos de lo natural, nos hace per­der el instinto. Eso sí es preocupante.

Los astros del cielo emiten señales difíciles de desci­frar. Me gustaría ser capaz de observar como lo hacían nues­tros ancestros y comprender los mensajes. Todo lo que me rodea parece entenderse perfectamente. Se palpa una sim­biosis ambiental muy estable. Al ver batir las alas de una mariposa, recuerdo la teoría del caos, e imagino el huracán al otro lado del globo terráqueo. Que injusta situación. ¿Qué culpa tendrán las abejas de que el ser humano utilice pro­ductos tóxicos para la agricultura? Todo está relacionado. Cuando el círculo se cierre, quizá los volcanes sean jueces y la sentencia sea irrebatible.

El sol ha dejado de verse, mis ojos piden descanso. Tre­paré este roble para pasar la noche y si mañana amanece, veré iluminarse la tierra desde lo alto. La brisa nocturna quiere hacerme pensar, pero el cansancio es terrible.

El alba llega con calma. A lo lejos una cruz, cristiana, supongo. Si Jesús levantara la cabeza y supiera de todos los horribles actos que se han cometido en su nombre, se suici­daría antes de ser crucificado para cambiar el ciclo de la his­toria, o igual soltaba la bofetada, en vez de poner la otra me­jilla. Sumiso e inconsciente es el comportamiento de las ma­sas. Aceptan la imposición de un régimen a cambio de li­mosna. Te hacen creer libre, dentro de un aro cerrado del que nunca podrás salir. ¿Tienes miedo? ¿Eres dependiente? Agárrate al sistema. Piensa, maldita, piensa.

Fresco amanecer. Indomable ser. Por fin me he con­vertido en lo que siempre quise. En mí mismo. Sin ataduras ni restricciones. De un salto piso tierra firme. Los rayos del sol indican proseguir hacia el oeste. Sigo buscando. Localizo un barranco que va en dirección Este–Oeste y allí voy. Agua fresca, limpia e hidratante. Al lavarme con ella, siento como el oxígeno me revitaliza. Sigo su curso, creyéndome parte de esa misma corriente que fluye, que sin saber por qué, conti­núa camino del mar, aceptando su destino. Por mucho que la beban, la malgasten o la contaminen, siempre se recupera y sigue adelante con más fuerza, para cumplir su ciclo, cola­borando así con el funcionamiento equilibrado del planeta, sin necesidad de intervención humana. Pero claro, ¿cómo no alterar lo inalterable?

Algunos mamíferos de mi especie, se creen con poder para dominar el mundo. Quitando y poniendo, haciendo y deshaciendo, sacando y metiendo. Modificando el mundo a su antojo y apropiándose de todo aquello que pisan. Egocén­tricos, admiran su hogar que les da seguridad, donde ven cre­cer su estirpe. Clones de laboratorio, educados para cometer los mismos errores que sus padres y hacer de la tierra libre, lo que les plazca, sin sentirse responsables. Luego dirán que es ecológico y lo llamarán evolución. Las consecuencias son evidentes, por más que se quiera enmascarar. Los humanos formamos parte del ciclo, pero nos empeñamos en despegar-nos. Y todo lo que nuestros antepasados colaboraron en la formación del paisaje, ¿ahora qué? ¿Lo controlamos con un dron desde la oficina? ¿O dejamos que el mundo arda, como parece estar condenado? La gestión parece necesaria en mu­chos casos, pero no el interés comercial, ni la avaricia des­tructiva. ¿Seremos capaces de resolver el gran problema que hemos generado?, o solo cuando todo esté contaminado, no quede aire fresco para respirar, ni agua pura para hidratar­nos, solo cuando ninguna especie vegetal sea polinizada, ¿solo entonces intentaremos reaccionar? Para entonces los volcanes, ya estarán preparando la fiesta. ¡Aleluya! Dios está de nuestro lado. Si existiera claro. El caso es que la Iglesia limpia las conciencias y concede el perdón cristiano. Com­parable hoy, con el todo vale para mantener el sistema del bienestar capitalista, cada vez más salvaje y cruel, del que todos somos cómplices. No importa talar un pinar, si el cen­tro comercial que se va a construir ofrece empleo remune­rado. Superficie comercial innecesaria, trabajo de esclavo, compras innecesarias y zona natural arrasada. Cualquier humanoide, dentro del común de los mortales, lo tacharía de incoherencia, para después montar en su auto, a descar­gar frustraciones, adquiriendo inservibles artilugios y tone­ladas de ropa. Y de paso, comida envasada, más cara y de peor calidad que en el comercio de su calle. «Es que no tengo tiempo de ir a la verdulería y el Mc Ario le gusta mucho a los chicos» —justifica la interesada—. Ante la atenta mirada de sus dos hijas con la boca llena de plástico y carne hin­chada de hormonas y antibióticos.

La comodidad de sentirse tranquilo, formando parte de la mayoría y la inseguridad de la inestabilidad, alimen­tada por el miedo oficial que los medios del poder, se encar­gan de transmitir, sirven de ejes para las élites dominantes. Puedes comprar acciones por si la banca quiebra o invertir en armamento para sentir la seguridad que necesitas. La tranquilidad de tener todo bajo control. Si no te conformas con un iPhone, llévate dos, que están de oferta y jamás pien­ses en las consecuencias. La culpa será del islam. O mejor aún, de los anarquistas. Ahora recuerda. Por siempre re­cuerda: «La guerra es la paz. La libertad es la esclavitud. La ignorancia es la fuerza».

Sentado en una piedra, contemplo el vuelo de una pa­reja de águilas culebreras. Libres en su territorio, que no es de su propiedad, pero de igual manera lo disfrutan, lo pro­tegen y lo cuidan. ¿Quién no soñó que volaba como un pá­jaro? Tiene que ser impresionante, pero ¿has pensado en al­guna ocasión, sentirte como un ser humano, integrado en el medio natural? Te aseguro que es aún más gratificante, por­que es real, ya que alas, jamás tendrás.

El bosque me ha confirmado que estamos equivoca­dos. Ahora me pregunto, si hice algo por cambiarlo. ¿Aún estaremos a tiempo? Observa el siglo XXI, está a punto de incendiarse. Poder decir firmemente que no formo parte de ese mundo, me da fuerzas para enfrentarme a cualquier enemigo. Ahora estoy al otro lado, el que queréis cambiar. Aún me siento un ser humano, ¡sí!, pero despojado de la ava­ricia que todo lo pudre. Si eso es la evolución, me quedo como estoy. Ahora soy agua, que apaga el fuego que con­sume la esfera. Fluyo y siento que la energía que se trans­forma dentro de mí, va en buena dirección.

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