UN HOMBRE SIN MIEDO. -RELATO DE ALTO VOLTAJE-

Un hombre sin miedo es el último relato y el más largo que aparece en Planeta Eléctrico -Relatos de alto voltaje- Libro de Raquis Creativa publicado en verano de 2020, extraños tiempos de pandemia, que condicionó aquel remoto planeta de SXXI, afectado por un virus letal que destruye cruelmente y empobrece a la población. Human Covid lo llamarán.

En esta entrada puedes disfrutar de todo su contenido bajo licencia Creative Commons: Poema, texto, ilustraciones y ficción sonora, versión en audio del relato, narrada y ambientada para escuchar contigo mismo o con otros animales.

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-UN HOMBRE SIN MIEDO- POEMA DESPLEGABLE

Sol radiante, primavera. Las flores sueñan con él. Es quehacer de la colmena, convertir néctar en miel.

«La libertad de quererte me mantiene sonriente. Necesito conocerte para entender a la muerte».

La paz avanza gloriosa, bajo el orden de las cosas. La sentencia más hermosa, es macabra y tenebrosa.

Los errores, los pecados; el juicio del bien y el mal. No olvidan los olvidados, cuervos, ratas, polvo y cal.

Pan podrido, agua bendita. Águilas en los tejados. Soldados, voces que gritan. Pétalos de dinamita.

La vida no se marchita, si el miedo no te limita.

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-UN HOMBRE SIN MIEDO- RELATO DE ALTO VOLTAJE
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Un hombre sin miedo

1ª Parte

Año 1970 d. C.

En la profundidad de la noche, los ojos se le abrieron, alterando su normalidad. Extraño suceso para una persona acostumbrada a dormir en posición fetal, tumbada sobre el costado derecho, siete horas exactas y seguidas. 25 años tra­bajando en una imprenta, dejaron bien definidas las rutinas y manías del Tintas. De doce a siete, habitaba en ese otro mundo, donde se flota en la más distante imaginación libe­rada. Esa noche le marco para el resto de sus días. La ma­ñana fue la última en la imprenta. El final de su vida laboral.

Era un hombre lleno de frustración y soledad. Vivía en una supuesta libertad, que envasaba al vacío sus sueños y aspiraciones. No entendía por qué, el mundo le exigía apa­rentar felicidad. Nunca fue capaz de fingir una sonrisa. En todo caso, tampoco pensaba mucho en estas cosas. Se desen­volvía bien entre la mediocridad, el conformismo y la poca humanidad que le rodeaba. Se acostumbró a ser lo que era. Un humano cualquiera, sin expectativas de nuevas experien­cias. Solo el amor le hacía imaginar, como sería su vida en compañía de una mujer. Ramiro era un hombre sencillo, al que todavía le faltaba mucho por descubrir de sí mismo.

A lo largo de los años, el Tintas intentó analizar la si­tuación desde la distancia, una y otra vez, sin conseguir nunca encajar las piezas del rompecabezas, que comenzó mientras dormía, aquella madrugada de 1970 y que desató una serie de circunstancias, que le hicieron perder la pacien­cia definitivamente.

Año 1980 d. C.

—Jodeeer. Te lo contaré una última vez, pero porque eres tú, eh colega —balbuceó el Tintas.

—Que va tío. Anda y vete a la mierda —reprocha uno de sus habituales compañeros de calle.

El Tintas, se dispuso a relatar su sueño una vez más:

«Paseaba felizmente en bicicleta por la ribera del río. De camino a mi encuentro se acercaba Marisa, tan preciosa y elegante como siempre. Tan solo la conocía de breves en­cuentros en los que ella se mostraba muy amable y agrade­cida con mis cumplidos. Si algo tengo claro, es que la amaba desde el principio».

«Un tejón se cruzó entre las piernas de Marisa» —Su mascota, ¿sabes? Insiste el Tintas al colega, para mantenerlo al tanto de la historia—. «El tejón Jerry llevaba un jersey rosa y olía a perfume. Una mujer muy peculiar. Nunca ha­bíamos hablado más de 5 minutos. No quería decirle más de lo imprescindible, o no sé, quizá tenía miedo a no ser lo que ella esperara. De repente, un milano se posó en su hombro. ¡Un ave rapaz! El pajarraco miraba extraño, como analizán­dome. Echó a volar y de las patas le colgaban tripas. ¡Te juro por mis muelas que parecían humanas! Era su ángel de la guarda… ¡El milano! Con lo a gusto que estaba yo soñando».

—Venga, venga Tintas, no me cuentes otra vez la pe­lícula del aguilucho asesino ese y la bicicleta voladora. Ma­ñana te veo —murmura mientras se marcha, aborrecido de la misma historia de siempre.

Al Tintas no le importó. A esas horas de la tarde y con un tema tan transcendental, podía seguir hablando con las hormigas, sin notar apenas la diferencia. Y parloteó en tono nostálgico, recordando lo sucedido aquella noche incierta, intentando comprender lo incomprensible.

«Montados en bicicleta, volamos directos hacia mi casa. Nos transportaba una bandada de estorninos, cuyo guía y líder era un gran cuervo negro. La ventana cada vez estaba más cerca. Marisa gritaba entusiasmada. Tumbados en la cama, fumamos un cigarro después del derroche de pa­sión e intimidad. Mientras, el tejón, el pajarraco, los estorni­nos, el cuervo y también una gran serpiente comiéndose una rata, nos observaban atentamente».

«No sé dónde quedó la bicicleta, pero era feliz. Nunca soñaba cosas agradables, o no me acordaba. Me agarré al sueño entusiasmado, ya que era mejor que cualquiera de los monótonos días de una aburrida vida».

Al instante continúa con la narración:

«Era 24 de junio, sobre las dos de la madrugada, cuando comencé a gritar desesperado. Sentí terror, como nunca lo había sentido. Sonaba el timbre repetidamente. La fauna de la habitación enloqueció. Revoloteaban sin sentido de esquina a esquina, generando una tensión insoportable. Gritaba y gritaba, como poseído, pero no era capaz de mo­ver el cuerpo. El timbre no dejaba de sonar, ni los pájaros de volar desquiciados, en el reducido espacio de la habitación, cada vez más tenebrosa».

Tras unos segundos de rascarse la cabeza con intensi­dad, prosigue con la cara desfigurada:

«Al otro lado de la puerta, una voz femenina y tran­quila, pregunta: —¿Qué sucede? ¿Estás bien? ¿Quién pin­chó la bicicleta?».

Año 1970 d. C.

Radio Espasmo emitía las noticias de las siete, como cada amanecer. Tras la ajetreada noche del extraño sueño, llegó la realidad del día. Debido al shock, el Tintas no re­cordó lo sucedido hasta pasadas unas horas. Cual androide, realizó sus labores rutinarias para llegar puntual a la im­prenta. Todo transcurrió con normalidad, hasta que a las nueve, la secretaria del jefe, Esther, lo reclamó en la oficina y le pasó una llamada telefónica.

—¿Dígame?

—Hola. ¿Sabes quién pinchó la bicicleta? Por cierto, Marisa ha muerto —dice una voz conocida.

Pálido y sin tensión se agarró a la silla. El vómito se esparció por encima de la mesa. Esther, que observaba al otro lado del cristal, se apresuró a entrar y quedó alucinada. Entre la papilla con olor a cerveza y café hervido, pudo dis­tinguir trozos de chuletas, zanahorias y restos de cámara de bicicleta. Cosas de las digestiones humanas, de su boca sur­gió una potente cascada líquida, que impactó en el suelo, sal­picando las paredes.

El mareo del Tintas, pasó a ser tal delirio, que co­menzó a sentirse como Jesús en la cruz. Y de nuevo, las pa­labras mágicas:

—¿Estás bien? ¿Dónde está Marisa? ¿Quién pinchó la bicicleta? —le pregunta Esther de forma natural.

Para evitar que el Tintas cayera al suelo del desmayo, se abalanzó sobre él y le besó como nadie le había besado.

Un espectáculo digno de película, que tenía como es­pectadores a varios compañeros de la oficina. También al jefe, que acababa de entrar por la puerta llamando a gritos a Ramiro Corrales, el Tintas, por algún asunto de la edición del día anterior.

La relación entre ambos era tensa desde hace tiempo y esa gota colmó el vaso, de café con whisky de Ernesto, jefe supremo de aquella casa de locos, envejecido y consumido por el estrés y la ansiedad. Frustrado y cornudo, que calma­ba su ansia, con la señorita vomitina. Lo despachó sin con­templaciones a patadas y gritos. Cruzó la puerta de salida por última vez.

A los días recibió una carta de despido, falsamente fir­mada a su nombre. Aceptó sin reproche. Le daban las gra­cias por los servicios prestados y una mísera suma en pese­tas, que no correspondía a tantos años de trabajo en la im­prenta, su segundo hogar. Las llamas de la carta ardiendo no calentaron su corazón helado. La indigestión le amargo el alma. El sabor de las arcadas le acompañó para siempre. Se sintió vacío y destruido, pero decidió tragarse las lágrimas y olvidar aquel lugar, del que nada volvió a saber en unos lar­gos e intensos años de convulsa existencia.

Año 1980 d. C.

« ¡Así fue joder!, aunque nadie se lo crea. Desde en­tonces no he vuelto a trabajar, ni tampoco a ver a Marisa. ¿Dónde estará? ¡No está muerta! ¡No me engañáis! Si vol­viera Marisa, todo se solucionaría. —Lamenta el Tintas en­tre lágrimas de esperanza— Un fuerte ataque de tos, le im­pide seguir hablando. Tos con sabor a problemas, a confu­sión mental no resuelta. Tras largo rato tosiendo, grita ra­bioso: ¡No sé cuándo dejaré de escupir retajos de cámara de bicicleta! ¡Ostia, juder, copón! ».

Año 1975 d. C.

El tiempo pone a cada uno en su lugar. Reza una pin­tada en la boca del metro. Por allí pasaba el Tintas casi todas las mañanas, deambulando rutinariamente por la ciudad. A los 50 años, las oportunidades laborales se le estaban aca­bando, pero se negaba a admitirlo y se mostraba esperan­zado ante cada posibilidad. Durante estos cinco años man­tuvo firmes las riendas de la vida. Paseaba pensativo inten­tando buscar una explicación a lo sucedido. Cada vez que­daba más lejano, aunque le seguía preocupando. A pesar de que fue un sueño, parte de los hechos fueron realidad. Algo no cuadraba. « ¿Y si todo fue verdad?» Piensa cada mañana, tras esputar caucho negro de los pulmones.

Los paseos por la ribera del río que le recomendó el médico, se habían convertido en habituales y gratificantes. Uno no puede olvidar la primera vez que escucha un conejo gritar, preso de las garras del águila real. Tras arrancarle la cabeza y despellejarlo sin piedad, se lo comerá. Tampoco la feroz tormenta de verano en la casa del pueblo. La oscuridad de la noche era insignificante ante la demostración de fuerza de un ejército de luces electrificadas. Lanzas de fuego eléctrico caían sin parar contra las rocas, los árboles y los tejados. Por cada rayo, un trueno explotaba. Estaba presen­ciando la guerra de las galaxias, con más miedo que ganas, a través de la ventana. Aquel pino alto fuerte y sano, que para él era un superhéroe de tebeo, permaneció firme y orgu­lloso, hasta que una luz lo atravesó. Le desgarró la copa, que golpeó muy fuerte al caer contra su propio tronco. El des­quiciante viento, que todo lo agita, terminó fácilmente con la esperanza del niño, que veía ambas partes todavía unidas y pensaba que tal vez… El tronco permaneció en pie, con la vistosa marca de su verdugo eléctrico. Una máquina y su ruido atronador, lo tiró al suelo escandalosamente. No hizo falta mirar para conservar la marca imborrable en la memo­ria. Bella y cruel naturaleza, que somete a los seres a su eterna y sanguinaria justicia.

Y resulta, ser humano, que no eres más que una mota de polvo en la tormenta. Tan frágil como imprescindible. Tan poderoso como insignificante. Tu posición puede ser de­terminante en el futuro. ¿Cómo si no, dejar constancia y dar sentido a la existencia del universo? Cada mota una neu­rona. Cada neurona, una herramienta. Con la energía de la tormenta eléctrica, funcionan cual fábrica produciendo pensamientos y resolviendo retos, cada vez más complejos. Pero algo te atormenta, querido ser. La humanidad devora el planeta y se devora a sí misma, inmersa en una infinita espiral caníbal, que nada la justifica. ¿Será capaz el cerebro de resolver sus problemas?

Es así como el Tintas, se siente identificado con los se­res vivos de su entorno. En sus caminatas observa a menudo la lucha cruel por sobrevivir, lo que le hace sentirse más cerca del mundo real y plantearse cuestiones extravagantes y filosóficas, en las que guarda la esperanza de encontrar sentido o explicación a su gran dilema. Una inspiradora ma­ñana, se atrevió a plantear una teoría. En su cabeza, todo le cuadraba. Metafóricamente explicaba lo inexplicable, con­venciéndose a sí mismo, de que un fenómeno matemático era la causa de sus problemas.

«Observé el aleteo de la mariposa y pude sentir el hu­racán en la otra orilla de los océanos. Lo presentaré al mundo como la Teoría del Caos. Con ella, quedará explicado el origen de mis males, la trama y el desvanecer del pertur­bador sueño roto».

« ¡Un chamán conjuró en el Amazonas y un grito de espanto salió de mi pecho para despertar y estropearlo todo!» —Maldecía la situación, rasgando la voz.

Evidentemente estaba delirando. La teoría ya existía desde 1963. Pero estaba convencido de su descubrimiento y quería darlo a conocer. Se le ocurrió que le publicarían un artículo en el periódico que imprimió durante 25 años, el Nuevo Amanecer, a cuyo redactor jefe conocía del pasado. Fue quien le puso el apodo con el que todos lo conocían.

Recordaba perfectamente donde estaba la oficina, pues era el encargado de transmitirle en persona los mensa­jes de la imprenta. Decidido, entró al edificio como tantas veces tiempo atrás. El guardia de seguridad lo mandó salir por donde había entrado. No tenía cita previa, ni siquiera lo conocían. La ilusión de contactar con el Sr. Leopoldo, se en­turbió de indignación y rechazo.

Estos tiempos cambian tan rápidamente, que co­mienza a quedarse atrás en la carrera, aunque aún le quedan fuerzas y no se dará por vencido tan fácilmente. Hacer tram­pas, ya no sería un problema moral, si fuesen necesarias para avanzar. Su insistencia y una predestinada casualidad, provocaron un encuentro fortuito, del ya casi jubilado Sr. Leopoldo y la persona que el Tintas, aún creía ser.

—Ramiro Corrales. Para servirle a usted, a Dios y a la Patria. Maestro, ¿se acuerda de mí, verdad?

—Por supuesto Ramiro. ¿Qué le trae por aquí? Hace años que dejó de trabajar en la imprenta en extrañas circuns­tancias. No crea que no circulan rumores sobre usted. Pero le atenderé en mi despacho. Siempre mantuvimos una cor­dial relación. Venga conmigo.

—Muchas gracias Sr. Leopoldo. A sus órdenes.

—Cómo puedes observar, ya soy un viejo a punto de jubilarse, que poco pinta en esta empresa. Las nuevas tecno­logías no me gustan y el mercado es cada vez más agresivo. Menos mal que mis hijos están al mando del negocio. Pero cuéntame, ¿qué te trae por aquí? chico. —Retoma el Sr. Leo­poldo.

—Pues verá usted… y relató el Tintas su historia como le interesó en ese momento. Desechando detalles importan­tes y ciertos puntos conflictivos que cambió a su favor. El intento de corrección no le fue muy bien. El Sr. Leopoldo era una persona muy informada. Después de aguantar un largo rato entre aburrimiento y suspiros, le cortó la palabra con poderío.

—Mira chico, los años y las circunstancias de la vida, nos pasan factura. Veo que los chismes que cuentan sobre ti, pueden ser ciertos y sinceramente, no me gustaría tener que indagar en ellos. Te tengo aprecio, ya sabes. Lárgate y

déjame tranquilo. ¿O prefieres que hablemos, de aquel viaje en bicicleta, con un cuervo y no sé qué más?

Sincero y directo como siempre. Acabó su frase y ex­tendió la mano para despedirse en paz, aun sabiéndose po­deroso para hundir en la miseria al Tintas. El diario Nuevo Amanecer, siempre se caracterizó por su cercanía al régi­men. Aunque Franco estuviera en las últimas, con una pu­blicación acusándolo de asesinato, se pudriría para siempre en una oscura prisión. Lo dejaría marchar tranquilo, si des­aparecía de su vista.

A don Ramiro Corrales, enfrente de él con ojos de psi­cópata, le pareció un insulto a su persona. Un desprecio inaceptable que no podía consentir. Agarró un robusto ce­nicero de cristal de encima de la mesa y le golpeó en la ca­beza, descargando toda la rabia acumulada. El Sr. Leopoldo quedó tendido en el suelo, con su propia sangre escurriendo entre los ojos, que veían una distorsionada figura marchar. Una sombra errante que quiso arrebatarle la vida y allí lo dejó, agonizando sin ningún remordimiento. Los servicios de emergencia llegaron a tiempo, pero las secuelas y el ren­cor, nunca desaparecerían.

—Adiós Sr. Leopoldo. Muchas gracias por atenderme tan amable como siempre. —Se despidió sarcástico— Cerró de un portazo y marchó rápido, con la cabeza bien alta y una condena a la espalda.

Casi con lo puesto, un tren llevó al Tintas a Alicante, provincia contigua a la suya. Allí vivió la adolescencia, en un piso de su tío, del que aún conservaba las llaves. Recordaba un barrio obrero, poco favorecido, pero al llegar, no encon­tró lo que esperaba. Cuando el tío murió, nadie se preocupó del piso, quedando abandonado a la suerte de las circunstan­cias. Calles sucias, gente pobre, marginalidad y degradación.

La ecuación convierte un piso abandonado en una oportuni­dad para vivir bajo techo, aunque fuera ilegal. Todo el edifi­cio estaba habitado. No importaba la ley, a quien la ley olvi­daba. Despojos, los llamaba la prensa y la sociedad los mar­ginaba. Muchos acababan en el cementerio o en sanatorios de enfermos mentales, anestesiados con opiáceos. Algunos conseguían integrarse en la normalidad establecida, una cár­cel más amplia e higiénica.

Ramiro estaba estupefacto. Decepcionado pero em­briagado por la actitud de aquellas personas, con las que simpatizó en cuanto fue capaz de apartar a un lado el miedo. Habló con respeto y se hizo respetar. No se veía capaz de enfrentarse a ellos, ni tenía ganas de dar explicaciones. El piso estaba perdido, la propiedad era lo de menos. Fugitivo, sin nadie a quien acudir, necesitaba un sitio seguro donde es­conderse. « ¡Justicia poética!» Nadie le buscaría entre calles sin leyes y niños sin nombre. Oficialmente ese barrio no exis­tía. Era ya una barriada, donde los ancianos enseñaban su sabiduría, donde la mirada de las niñas era pura y llena de inteligencia. Los trabajos eran cooperativos y en la mesa siempre había plato para uno más. También una barriada suicida. Jóvenes condenados a delinquir para sobrevivir y adictos a las drogas como alternativa cultural. Estaba deci­dido. Puso su mejor cara de imbécil y preguntó al grandullón que custodiaba la puerta:

—¿Queda sitio para uno más, compadre?

Lo acogieron como a un hermano. Hasta le tocó una habitación compartida. Así comenzó una nueva etapa. Desde entonces perdió la vergüenza, la inocencia y la igno­rancia. También la angustia y sus complejos de siempre. Per­dió el miedo a la vida. Y por supuesto, perdió el control.

«Pudo ser peor Ramiro. Pudo ser peor» —pensó para sí mismo.

Un hombre sin miedo

2ª Parte

Año 1980 d. C

Una larga fila rodeaba la Parroquia Nuestra Señora de la Misericordia. Cerveza caliente y chusta de cigarro recu­perada del suelo, eran los tesoros más preciados de aquella calurosa mañana del 15 de agosto. El rancho de la Miseri­cordia era conocido por los desamparados de la ciudad. Al­cohólicos, drogadictos y marginados sociales en todas sus va­riantes, esperaban el plato que alimentaría sus estómagos vacíos y calentaría sus almas heladas. La caridad cristiana era para todo el que pasara por allí, sin importar etnia, ni condición social. Los voluntarios hacían bien el trabajo y los sacerdotes recorrían la tétrica escena dando consuelo. Ofre­cían lavar los pecados a los que se acercaran a la iglesia a rezar. También a las madres de familia, que ya frecuentaban la parroquia y que ese día, aguantaban lo que fuera por lle­var comida caliente a sus hogares.

Los obispos exigían a sus inferiores confesiones y chi­vatazos de los delincuentes corrientes. Tenían tratos con la policía y los entregarían en cuanto pudieran hacerlo. Los chismes personales les gustaban mucho. Dominio moral y mental. El morbo y la perversión les hacían imaginar otras vidas. Información a cambio de patatas.

Algunos curas eran cristianos de base. Buena gente, que hacían una labor social respetable. Personas humildes, que ponían la otra mejilla para recibir dos veces. Nada te­nían que ver con la mafia de la cruz. Pero alimentaban y justificaban a la bestia con su trabajo y su beneplácito. Es­clavos de bien, encargados de sacar la basura del poder.

El Tintas se daba cuenta y pensaba en todo aquello, pero poco hacía, como todos, mirar para otro lado. Se co­rrían rumores para distraer y dividir a la gente pobre. Con pequeños privilegios, creaban diferencias entre miserables. La envidia generaba peleas y odio entre iguales. Sin educa­ción, la población ignoraba lo que eran las clases sociales y culpaban a sus semejantes, mientras las clases altas vivían con excesos, reían, y los manipulaban sin escrúpulos, para perpetuar el negocio. En este ambiente se movía el Tintas, al margen de la sociedad gubernamentalizada de la joven de­mocracia española. Sin derechos, ni deberes. Sin registros oficiales, ni cuentas corrientes. Con la mera obligación de sobrevivir. Siempre con el peso de aquel cenicero sangrante, del que por el momento conseguía escapar.

Tras comerse su ración sin rechistar sentado en un banco del parque, junto a sus más cercanos, comenzó a filo­sofar acerca de la injusticia y la desdicha de los individuos apartados del sistema. Mañana quizás no, pero hoy era un hombre sin miedo, consciente de sus actos y digno ante su infortunio. Había mucho por hacer y poco que perder. Los demás miraban atentamente, hasta que de nuevo empezó con su famosa historia del sueño, que nadie creía, pero que a todos hacía pensar. No querían escucharla más. Bastante les costaba olvidar sus miserias, para hacer propias las de otro. Pero el Tintas debía mostrar al mundo su teoría del caos. O tal vez contar, como se vio abatido por el huracán, mientras observaba la mariposa.

—Jodeeer. Te lo contaré una última vez. Pero porque eres tú, eh colega —balbuceó el Tintas.

—Que va tío. Anda y vete a la mierda. —reprocha uno de sus compañeros de calle.

Al final de las tardes solía andar en soledad, ebrio de cerveza enlatada de dudosa calidad, condimentada con fár­macos. Delirantes pensamientos en la vuelta al hogar, su lu­gar de recogida, donde ya era gestor de una amplia habita­ción individual decorada de un modo siniestro con artículos encontrados en la calle, que recopilaba cada atardecer. Otra parte de los objetos absurdos que adquiría de la basura que­daban en distintos lugares de la casa o del edificio y ya em­pezaban a molestar a los inquilinos. Cuando alguien le re­prochaba, el Tintas usaba la soltura despreocupada del que nada tiene que perder y conquistaba a los demás con su pa­labrería disuelta en un barril de ácido sulfúrico, donde él se­ría capaz de dormir y despertar a la siguiente mañana, con­tento por estar desinfectado.

« Déjame que te enseñe esta abstracta obra que com­pone mi vida. La misma, refleja el carácter extremo y abrupto de mi amarga existencia. Podrás pensar que no guarda sentido en su conjunto, pero toda ella está com­puesta por pequeñas piezas, disconformes e inadaptadas, que representan mi yo más profundo. El mismo que acabará como todos los seres, con la muerte del protagonista. Atrás quedó la historia del sueño, que me hizo superar la confor­midad y el aletargamiento, para convertirme en un hombre sin miedo».

—¿Te atreves a ser un hombre sin miedo?

Derrotaba a sus víctimas por aburrimiento y a veces hacía negocio con trastos sobrevalorados. Era ya todo un de­predador de la calle. Un experto en la subsistencia y el esca­pismo, que sacaba pesetas de debajo de las piedras, en las mismas en las que escondía sustancias bien valoradas por sus consumidores. Por las mañanas, era un hombre de nego­cios que se sabía desenvolver en la ilegalidad. Allí no fir­maba recibos, ni necesitaba el DNI. Compra, venta y dinero fácil. No le iban del todo mal las cosas, aunque él intuía que la vida le guardaba una jugada maestra. En la calle aprendió a perder, a saborear las escasas victorias y sobre todo, a ob­servar cómo cambia el paisaje, mientras pasa el tiempo.

« ¿Qué somos, si no hojas secas de otoño esparcidas en el suelo? Nostálgicas pensamos en lo que fuimos, mientras esperamos una ráfaga de viento que nos cruja y nos arrastre a la alcantarilla de la muerte. Acabar así con esta agonía que nos mantiene en vilo, por si antes que el viento, llega la suerte. Un cuchillo oxidado está girando en el aire. No pier­dan la esperanza. Los cuervos siguen atentos».

La incertidumbre lo mantenía intranquilo. Siempre alerta. Para bien o para mal, sentía que algo nuevo, pronto llegaría. Y así fue.

Un día triste y lluvioso, el Tintas se gastó todos los be­neficios de un suculento trapicheo en botellas baratas de whisky. Comenzó a beber por la mañana y siguió ingiriendo matarratas durante todo el día. Encerrado en su habitación, en soledad, botellas, tinta y papeles le acompañaron en el viaje. Escribió incansable y poseído, la increíble historia de su vida. Tenía la necesidad imperiosa de dejar constancia de aquel sueño. Quizá en un futuro, alguien lograra descifrar los entresijos del acertijo. La mugre decadente y la desespe­ración, dieron paso a la locura y la barbarie. Desquiciado, salió al balcón y empezó a conjurar indescifrables frases proféticas. Desatado, emparanoiado, envenenado de odio social. Sus alaridos se escuchaban en las calles cercanas y los vecinos, inseguros y alucinados llamaron a la policía. Fue el principio del fin. El telón del destino se abrió, dejando paso al gran protagonista, que sin duda, deseaba poner su foto­grafía en los libros de historia. La parcela del loco del sueño, la llamaron los vecinos. Así la siguen conociendo las nuevas generaciones.

Una Star reglamentaria apunta la cabeza del novato y una soga pulgosa aprieta el cuello del cabo González. A tra­vés de un portófono, un hombre del cuerpo policial con es­tudios de psicología, negocia con el Tintas para intentarlo convencer de que no tiene sentido arruinarse la vida y le ofrece satisfacer sus peticiones para llegar a un acuerdo.

—¿Que qué quiero? Pues está claro. Demostrar al mundo que perdí el miedo.

—Eso ya lo demostró.

—No me tome el pelo. Hasta hoy he sido ignorado. Por fin ha llegado el día en que los habitantes del planeta

conocerán la verdad. Esos peleles manipulados, no son ape­nas conscientes de la gran mentira en la que viven, pero ahora abrirán los ojos. ¡Sucederá!, que cuando todos los me­diocres miserables del barrio, de la ciudad, ¡del mundo! pier­dan el miedo, los privilegiados empezaran a temblar. Será el principio del cambio. Todos lo veréis.

—Podrá contar su historia. —Asegura el policía— Tengo buenos contactos. Le prometo que la publicaremos si suelta a los agentes.

—¡No me cabe ninguna duda de que será publicada! Pero no solo eso ocurrirá. Estese atento. Manténgase ahí parloteando y lo vivirá. Lo mejor está por llegar

—Tranquilícese. ¿Qué es lo mejor? ¿A qué se refiere?

—¡El resultado final! Un suceso inesperado que estre­mecerá al más rico y dará dignidad al pobre. Porque yo, ya perdí el miedo, ¿sabe señor Francisco Pérez? —Insiste el Tintas, cada vez más ebrio y alterado.

—Y dígame, ¿por qué tenía miedo? Un momento, ¿cómo sabe mi nombre? —exige saber el negociador—, que sigue sin ganar la confianza del Tintas, que domina la situa­ción a pesar de todo y responde transcendental:

—Hay momentos en la vida de un ser humano que le marcan para siempre. Las decisiones que tomamos nos con­dicionan y debemos afrontar los resultados con responsabi­lidad. Los sueños tienen la verdad, señor loquero. ¿Está de acuerdo conmigo Paco? Si me permite le llamaré Paco. Y si no, también.

—Pero… Paco, sí. Paco está bien. Pero no comprendo cómo sabe… —contesta mostrando sus dudas.

—El final es inevitable. Su mujer le espera en casa, ¿verdad señor agente disfrazado de psicólogo?

—Quiero ayudarle, se lo aseguro. Solo le pido que li­bere a los agentes y le ofrezco lo que desee. Su vida puede cambiar —retoma el negociador—, sin nada que hacer con­tra un desatado Tintas que responde firme y provocador:

—Mi vida cambió hace mucho tiempo. Ya dejé de ser una aburrida pieza del puzle. Permítame que le explique. No pretendo malherir a estos señores uniformados, solo me congratula saber que tengo en jaque el orden establecido y que ustedes, los defensores de la estructura social, están obligados a escucharme. Fíjense, me ofrecen regalos. Cari­dad enmascarada en intereses envenenados. Pero dígame, ¿qué teme usted más? ¿Que mueran estos dos agentes, o que despierten las conciencias de los olvidados, los marginados y los desamparados? ¡Sea sincero! ¿Por qué le envían aquí sus jefes? Solo se preocupan por los beneficios que consi­guen de explotar al pueblo. Los privilegios de la clase alta se justifican engañando a la clase baja. ¡Ay Paco! queridísimo desgraciado. Hace tiempo que conocí la verdad. Con ella me quemé y con ella caminaré hasta el final de mis días, con el peso de las consecuencias. Así conseguí ser feliz y ahora me siento libre. Como le dije, ya no tengo miedo. ¿Quién sabe qué será de nosotros mañana? Ya no me importa porque pase lo que pase, me siento dueño de mi futuro.

—Me encantaría que conversáramos mañana, tran­quilos en un bar —Acerca la postura Paco—. Seguro que te­nemos muchas cosas en común. Reconozco su sabiduría y le doy la razón. Pero permítame que le diga, no se conforme con soñar. Necesito que libere a los agentes y sus sueños se harán realidad.

—Por sus palabras parece que no tiene demasiada prisa. Si no le importa hablaremos ahora. Quizá mañana ce­lebren una misa en mi honor. Por cierto, encárguese de or­ganizarla y póngase guapo para la foto —rebate el Tintas— dueño y señor de la negociación.

—Respecto a eso que comenta de los sueños, quisiera pronunciar una célebre frase, que analiza el duelo a garro­tazos que estamos manteniendo.

«Miro al horizonte y veo como es pintado de negro el cuadro que ilustra mi vida. Buscando la salida, despierto asustado y recuerdo, como el sueño de la razón, produce monstruos».

Más seguro de sí mismo que nunca, continúa reci­tando unos versos de alta graduación:

«Al parecer, monstruos me visitan al anochecer, cuando ordeno los recuerdos, divagando entre sueños, para­lizan mi ser».

«Despierto en la noche, sujeto al tic-tac de un reloj pa­rado en el tiempo. Cuerpo muerto, tendido y enfermo, ama­rrado al colchón del deseo eterno».

« ¡Ser o no ser! He aquí la cuestión».

« ¿Qué es más noble para el espíritu: sufrir los golpes y dardos de la insultante fortuna, o tomar las armas contra un piélago de calamidades y, haciéndoles frente, acabar con ellas?».

« ¡Morir… dormir, no más! ¡Y pensar que con un sueño

damos fin, al pesar del corazón!

¡Morir… dormir! ¡Dormir!… ¡Tal vez soñar!

¡Sí, ahí está el problema! ¡Porque es forzoso que nos detenga el considerar, qué sueños pueden sobrevenir en aquel sueño de la muerte, cuando nos hayamos liberado del torbellino de la vida!».

Tras el recital poético etílico…

—Bellas palabras para encabezar su libro —dice estu­pefacto el agente—. Tintas, ¿tiene algún deseo sin cumplir? Dígame y haré lo posible por concedérselo. Los agentes, tie­nen familia y no son culpables de su situación. Le repito que puede pedir lo que quiera.

—¡Todos somos culpables! Ellos cumplen las órdenes del explotador, sin pensar que cada acto de represión que ejecutan puede volverse en su contra, pues ellos mismos son reprimidos y obligados a obligar, para mantener una injusta paz social, que les hace creer que el pueblo tiene el poder. Así interpretan la democracia, mientras la población, sueña con la felicidad de sentarse ante el televisor, para no enten­der lo que sucede. Aceptamos ser esclavos, con el triste pri­vilegio, de ser libres dentro de un círculo cerrado. Nos com­praron con caramelos, que saboreamos a cambio de nuestro derecho a decidir. Y ahora, ¿quién nos dirige? También pude tener familia, si no hubieran manipulado mi sueño. Por cierto, debería leer más a Shakespeare y comprendería, que nadie puede escapar del sueño eterno.

—Mantenga la calma y si usted quiere, hablemos del sueño, Ramiro. ¿Le gustaría aclarar lo sucedido? Le prometo que lo lograremos, si se presta a colaborar,

Un disparo fortuito, fruto de los nervios y la inexpe­riencia con las armas del Tintas, atraviesa el tobillo del cabo González. Un grito desgarrador sirve de confirmación para el dispositivo policial que asedia el edificio. El Tintas co­menzó a sudar. Nunca antes había disparado y no era su in­tención hacerlo, pero la situación se había complicado. La tensión iba en aumento. Podía pasar cualquier cosa y se mantuvo firme. Completamente borracho, pero firme.

—¿Qué ha ocurrido? Exijo que me lo explique o debe entender que entraremos a comprobarlo —demanda el ne­gociador—, en un tono más agresivo que antes.

—¡No aceptaré que un loquero, venga a contarle a la locura, de lo que es capaz! ¡Por supuesto que se aclarará! Aunque si tanto insistes, quizá puedas solucionarme algu­nas cosillas y lleguemos a ese acuerdo que tanto deseas. No tendré que explicarle demasiado. Es conocedor de la histo­ria, ¿verdad Sr. Pérez? Se llama Marisa. Solo ella calmará mi ira y hará que libere a estos dos engranajes oxidados.

—Pero… Ramiro… ya sabe que Marisa murió. Le doy el pésame. Solo falta saber quién pinchó la bicicleta.

—¡Sabe bien que eso es mentira! Tengo testigos. ¡El te­jón! ¡El milano! ¡El cuervo! Todos estuvieron presentes. Que les pregunte el juez… y la bicicleta, ¿qué más da, joder? Pero te lo contaré en confianza, para que todos lo sepan. La ser­piente me obligó a comer las cámaras de las ruedas, como muestra de respeto a su protegida Marisa. Por eso sé que está viva. ¡Nadie se atrevería a tocarla! —Desvela el Tintas cabreado.

El sonido de otro disparo dejó perplejo a todo el dispo­sitivo de seguridad. También al Tintas, pues él no apretó el gatillo. Un francotirador erró el tiro y una bala atravesó la cabeza del poli novato.

—Déjate de fantasías. Ahora necesitamos saber que están vivos los dos agentes. Deje que hablen por la emisora. En caso contrario, el equipo especial de seguridad se verá obligado a intervenir. —dice el agente.

—Dejaré que hable el agente González. El novato no se encuentra muy bien —Sarcástico el Tintas—. Se quejaba del estómago. De repente le sangran los oídos y tiene un agu­jero de bala en el cráneo. Siento decirle, pero ha muerto. Un disparo le dio en la cabeza, pero si quiere se lo paso.

Lo que sucedería después era irremediable. Un equipo especial de seguridad entraba en el edificio.

—¡Soy un hombre sin miedo y solo Marisa calmará mi ira! ¡Soy un hombre sin miedo y solo Marisa calmará mi ira! —gritaba incesante el Tintas—, que entre alaridos y sollo­zos, abre otra botella y da un largo trago de whisky, que le calienta el gaznate y le mantiene el alma ardiente.

—¡Soy un hombre sin miedo! ¡Solo Marisa calmará mi ira! ¡Un hombre sin miedo! ¡Solo Marisa calmará mi ira!

Doce horas trascurren desde el inicio del espectáculo. En la macabra sala de los actos narrados, un Tintas desenca­jado, mantiene a duras penas, una mano en la soga atada al cuello del cabo González, medio desmayado por el disparo y la otra mano en la pistola, que alterna con la botella.

Hace aparición el negociador, con chaleco antibalas y cargado de palabras que no convencen a Ramiro. Detrás de él, diez guardas de asalto del grupo especial, bien protegidos y mejor armados. Inmediato a ellos, un anciano irrumpe en la sala cojeando, apoyado a un bastón. A ojos del Tintas pa­rece irreal, pero la presencia del Sr. Leopoldo es totalmente verídica. No tarda en alcanzarlo con la mirada de odio que guardaba desde el último encuentro. Su mera presencia pone nervioso al Tintas y lo hace dudar, pero la constante ingesta de whisky, mantiene su valor enaltecido.

—Un placer volvernos a ver Ramiro. Te traigo varias noticias. Escúchame atentamente. ¿De verdad crees que ha merecido la pena? En todo caso, te gustará saber que Marisa está viva, pero solo en tus sueños, porque ¡tú la mataste! En un ataque de furia acabaste con ella a golpes con la bicicleta. Herido y arrepentido, te comiste las cubiertas y las cámaras de las ruedas y todavía sigues esputando, como penitencia.

La otra noticia tampoco creo que sea de tu agrado. Pagarás por tus pecados y tú mismo has elegido, que sea con la muerte. Ya no hay vuelta atrás, Ramiro. Puedes pronunciar tus últimas palabras si lo deseas.

El miedo se aloja en la mente del Tintas. De súbito, su convencimiento desaparece y las piernas le tiemblan. El whisky le escurre por la pierna en forma de orín. Sabe de lo que es capaz el Sr. Leopoldo y pronuncia la lastimosa y ser­vil frase que le acompañó en el pasado:

—Me despido mi maestro. Ramiro Corrales. Para ser­virle a usted, a Dios y a la Patria.

Los disparos alcanzaron el cuerpo de Ramiro y tam­bién el del cabo González. Nada importaba más que el ho­nor del Sr. Leopoldo, dueño y señor del orden y la ley.

Así pasó a la historia el Tintas, como asesino despia­dado de una mujer y dos agentes de policía. El diario Nuevo Amanecer, se encargó de juzgarlo y justificó su muerte con estas bonitas palabras:

«Una gran actuación policial evita una tragedia mayor en la parcela del loco del sueño. El asesino acabó cruelmente con la vida de dos agentes y fue abatido en defensa propia, tras disparar a todo el que tenía a tiro. Solo el cumplimento de las leyes dará la libertad al pueblo y mantendrá la paz social. Está totalmente justificado actuar ante toda persona que no cumpla la legislación vigente. En tal caso, deberá ser juzgado por los poderes establecidos, con los medios opor­tunos y aplicarle una sanción justa y necesaria. Alabamos la labor del cuerpo de policía nacional del estado, por cumplir con su cometido, proteger al ciudadano y asegurarse de la desaparición de cualquier brote antisocial, como ese ele­mento en cuestión. Su larga trayectoria delictiva le hacía ser un grave peligro para las personas de bien».

La sociedad aplaudió la sentencia. Esa noche en la casa de los pobres, se cenó pan duro untado con miedo.

El Tintas tubo una despedida católica, con misa por su entierro, al que acudieron todos los compañeros y compañe­ras de las calles. Ese día honraron el nombre de su amigo. «Los olvidados», como a él le gustaba llamar al grupo, se agarraron una buena cogorza callejera de vino en cartón de­jando bien alta la figura de su héroe, que pronto se conver­tiría en un mito.

Al entierro asistieron: un tejón, un milano, un cuervo y una serpiente acompañando a una chica, que había pasado los últimos diez años de su vida encerrada en un psiquiá­trico, sin conexión con el exterior. Se llamaba Marisa. Al año del suceso, publicó un libro titulado «La verdad sobre el loco del sueño». Los medios se hicieron eco de la noticia, convir­tiendo a Marisa en una figura mediática. Su rostro apareció en todas las revistas y por supuesto en televisión. Ella contó su historia, la del Tintas, que fue manipulada y utilizada para ganar audiencia. Se vio sometida a un juego cruel que no conocía y que le terminó de destruir. Al mes se suicidó, tirándose al río atada a su bicicleta. Desde entonces, los sue­ños de los olvidados son velados por una serpiente, un mi­lano, un tejón, un cuervo y una bandada de estorninos.

Fin.

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