DIFÍCIL DE IMAGINAR -Relato de alto voltaje-

Difícil de imaginar es el título del primer relato, de los cinco que aparecen en Planeta Eléctrico -Relatos de alto voltaje- Libro de Raquis Creativa publicado en verano de 2020, extraños tiempos de pandemia, que condicionó aquel remoto planeta de SXXI, afectado por un virus letal que destruye cruelmente y empobrece a la población. Human Covid lo llamarán. En esta entrada puedes disfrutar de todo su contenido bajo licencia Creative Commons: Poema, texto, ilustraciones y ficción sonora, versión en audio del relato, narrada y ambientada para escuchar contigo mismo o con otros animales.

-DIFÍCIL DE IMAGINAR– POEMA DESPLEGABLE (Pinchale)
Amanece a cielo abierto.
Te concedes el placer:
ver florecer el desierto,
para volver a nacer.

Ni dormir ni estar despierto.
¡Agitar el descontento!
mientras reina el desconcierto,
en la máquina del tiempo.

Condenados sonrientes,
comienzan a caminar.
Luces en la oscuridad,
de un planeta decadente.

El ego, el juego y la mente.
Pasado, futuro, presente.
Para el resto de la gente,
difícil de imaginar.

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FICCIÓN SONORA -DIFÍCIL DE IMAGINAR- RELATO DE ALTO VOLTAJE- Ir a descargar

-DIFÍCIL DE IMAGINAR- RELATO DE ALTO VOLTAJE
(Pincha para leer el texto completo)

Difícil de imaginar.

Suena el timbre del portero automático. No me pienso levantar. Otro habitante de la casa salta de la cama para contestar con un ronco: « ¿Quién llama?», que apenas oigo de fondo. Tras ocho pisos de ascensor ruidoso, la puerta se abre para dejar entrar la visita. Dos voces hablan tras la pared que separa la habitación del pasillo. Una me resulta desconocida, no sé, diferente. Aún estoy dormido. El dial de la FM en la frecuencia de siempre, contra-información. Sonidos que interrumpen la claridad de las palabras de ahí fuera, que parecen llegar de algún lejano mundo. Siento la necesidad imperiosa de saber lo que sucede. Decido bajar el volumen, pero los brazos no me llegan. ¿Cuántas veces he querido hacer las cosas sin levantarme del sitio? Se me ocurre concentrarme y apagarla con la mente… El silencio se apodera. Se han debido de marchar. ¡Se apagó la radio! ¡Solo de pensarlo! «Será por casualidad», —pensé, incrédulo de mí mismo. La duda me hace dudar y uno, que ya no sabe qué hacer, para burlar la normalidad. Conectar las neuronas con las ondas, ¿no fue aquello que soñé? Desperté en un lugar extraño… máquinas, cables, cerebros en botes. Escapé, lo borré y nunca lo recordé. ¿Ahora por qué? Convencerme de que es cierto. ¡Sí! Tengo que volver a hacerlo. Encender con el pensamiento el aparato que reproduce la melodía de la vida y demostrarme, que puedo ser alguien

Y así fue, la radio siguió sonando, para dar comienzo a un nuevo día, con una de esas historias que se deslizan por un tobogán, desde mi mente hacia el más allá. « ¡Esa puerta, que se abra! ¡Que vuelva a sonar el timbre!» No me pienso levantar. —¿Quién llama? —pregunto desde la cama—. No contestan. Ahora, el ascensor en llamas sube al octavo. —¿Algún suicida viajero? Tan solo un hombre curioso, que intenta apagar el fuego, miccionando como un perro, en la puerta del vecino. Lleva chaqueta de pana y el orinal de sombrero. Lo veo todo desde el colchón. Les ordeno: «se acabe el juego ». De nuevo vuelta al primero, vacío de humanidad. Abajo le espera un ciego, que me acaba de mirar. Sus ojos son caramelos, que voy a saborear.

—Por favor, los tuertos primero. Le espera un viaje a la Paz. Allí encontraron su cielo, los fugados de Alcatraz—le dice un obrero al perro—. El can se ha echado a llorar, en las faldas de un torero, que nunca pudo matar. —Voy buscando el matadero. ¿Este autobús llegará? —pregunta, Jesulin al perro.

—El obrero te llevará, que va camino del cielo. Sube el perro la escalera, huyendo de majaderos.

El habitáculo tecnológico vuelve a emprender viaje a lo más alto del edificio. Nada en su interior, nadie espera fuera. Una tonta sonrisa se muestra en mi rostro. Empiezo a recapitular. Me gusta que las cosas tengan sentido, aunque sea rebuscado. Esta situación, que parezco dibujar con antojo, resulta inhóspita para el saber. No consigo comprender. Salgo de la habitación pensando en lo ocurrido. Agua fría moja mi cabeza, bajo la cascada helada de la ducha. Un cosquilleo mental, una garrampa cervical. No sé, algo que nunca había sentido. Como un ente externo que me aporta su energía. Tomando un café, decido poner en práctica mis nuevas facultades, cuales trucos de videoconsola. Ahora tengo una misión: darle la vuelta al sentido, para hacer, del sinsentido, justicia. No me había dado cuenta de la hora. El autobús que me lleva al trabajo, pasará en dos minutos por la parada habitual y todavía no estoy preparado. Esa caja de muertos con ruedas, llena de eslabones del sistema sonámbulos, me guarda un asiento en su trayecto a la fábrica. Me estresa tener prisa por la mañana. Pondré los semáforos en rojo mientras desayuno. Hay una moto volcada y dos árboles cruzados en la calzada. Debió soplar fuerte el cierzo esta noche.

—Está rica la mermelada. Es casera, hecha con fresas. Prepararé unas tostadas.

En casa no había nadie. Hablaba conmigo mismo. —¡Vamos! Que llegas tarde. Es el día del baile. El baile del juicio final. Hoy brindaremos con sangre, por la victoria del mal —dice alguien escondido en mi cabeza. Me acabo de transformar, en un ser de doble testa, con gran poder mental. Bicefalia tripolar es la respuesta. Equilibrio, furia y fuego. Empecemos a jugar. Concentro las neuronas en una idea fija: «El cielo se torne oscuro y comience a llover». Coloco la chupa sobre los hombros y desciendo rápido en el viejo ascensor, que apesta a perfume rancio, tabaco y frustración. Salgo del portal, se abre el paraguas y tranquilamente llego a la parada. Subo al autobús a su debido tiempo. A la hora que elegí y vacío, como pensé. Solo el conductor me recibe, pálido como la nieve —Buenos días. —No pare hasta mi destino. Ya sabe hacia dónde voy. —contesto amablemente—. Compre usted un buen detergente, para quitar el olor.

Desde el último asiento del vehículo, observo la ciudad despertar al ritmo de mis caprichos.

—Adiós vecino. —Me despido― Gracias por seguir rodando. Decido bajar saltando, calculando la caída, encima del Más Allá. —Te conocí no-se-cuando y te volveré a encontrar. Debo seguir caminando hasta la Calle Final, número no-se-que-cuantos. Es la fábrica de Paz, donde trabajo de yunque. La justicia nos golpea, nos moldea y nos da pan.

—La moderna esclavitud nos protege y nos enseña a construir, con chatarra, miedo y vicio, un ataúd confortable, a medida de nuestro juicio. Tanto nos gusta, que lo usamos en vida. —Pero esto va a cambiar. La gente está muy quemada de sobrevivir dando gracias. El humano vuelve a ser animal. Alguien tiene que explotar el globo y ¡boom! Reinicio total. —¿Tienes un alfiler? Te lo devuelvo mañana y te cuento los detalles. A la media hora de trabajo no lo puedo evitar:

« ¡Que el sol atraviese los barrotes que nos separan de la libre humanidad! ¡Y que se acelere el tiempo!» Pasaron las ocho horas y casi ni me he enterado. Empieza a gustarme esto de poder elegir. «Que me traigan dos cervezas. Una para mí y otra para el que pregunta». Total, que las dos me bebo, sentado en una terraza, que te costará imaginar.

Es la hora de regresar al hogar. Observo el autobús desde mi palacio. Lo curioso es que al volante, no consigo ver a nadie. Va demasiado rápido y se dirige sin control hacia la fábrica de bombas.

—¡Guardia! ¡Pare a ese loco! Pero Don Nadie no firmó la multa y el bus llegó a recogernos. El baúl de dinamita guárdalo en el cinturón. Ocupo un asiento, entre el resto de trabajadores, que comentan lo extraña que ha resultado la jornada laboral. —Cosas de la vida compañeros. Es un día especial.

—¡Un día de paga extra! —les digo sincero—. ¡Atentos obreros! Lo mejor está por llegar. Hoy tenemos la oportunidad de equilibrar la balanza social. Al caer la noche, sonarán las campanas. Será la llamada que reunirá en las calles a la clase obrera de la ciudad, para ser testigos y protagonistas, de un espectáculo nunca visto. ¡Os lo aseguro compañeros! Esta noche vamos a cambiar la historia. Y mañana seremos testigos del nuevo despertar de las conciencias. Al amanecer, todos podemos ser igual de guapos y libres que un inversor del IBEX, o que un Nica huele-pega. Cuando escuchéis la señal salir a la calle a cobrar, ¡la extra de la traca final! Una manifestación de tocinos cortaba la calle. En sus banderas, aguiluchos.

—¡Señor conductor! —No hizo falta decir más. La ciudad es una carrera de obstáculos para las sillas de ruedas con ocupantes dañados. «Trastornado, retorcido y dependiente quedará el gobierno indigente». —Bromeaba con el gato. Sarna le puse de nombre y le pareció bien. Mientras cenaba, la radio hablaba de extraños sucesos repentinos, ocurridos a los mandatarios del país.

Toda la noche mirando por el balcón, viendo caer frailes desde las azoteas. Cucarachas gigantes invaden la ciudad. Las crestas relucen a la luz de las farolas. Los habitantes del cementerio han recobrado la vida y pasean por las calles en busca de sangre. La población está histérica, desorbitada, buscando opiáceos por los cajones para calmar la ansiedad que les levantó de la cama en plena noche, sin saber, que puede ser, la mejor ocasión de su vida. ¡No sé cómo canalizar su frustración! Algo se me escapa. Siento temblores. De repente un espasmo cerebral me golpea, como el rayo que atraviesa el árbol solitario, en plena tormenta eléctrica, desde la copa hasta las raíces. Mis cabezas son montañas que tiemblan. Veo el pino, envuelto en llamas, desde el suelo hasta el Más Allá, que contempla el panorama y me espera paciente. Conmocionado pero eufórico, me recupero. Disfruto del momento de gloria, dando órdenes de todo lo que me pasa por la cabeza. Cavilando incesante en cómo resolver los problemas que más me inquietan. Arreglar el mundo a mi manera. A las cinco de la madrugada, explotan todas las bombillas. Vemos el cielo estrellado y abusando de poder,decido, que sea de día.

Los rayos de sol calientan los rincones más oscuros y fríos, donde la vida es precaria. Allá en los suburbios, donde no hay respaldo ni oportunidad, este nuevo amanecer se transforma en esperanza. Los indigentes del parque han ocupado las casas vacías y desde las ventanas se entretienen disparando a los buitres trajeados, que alterados por la creciente caída del mercado, corren desesperados y desprotegidos por policías, naufragando en el estrecho. «Las cuentas están a cero, volvemos a empezar». —predico desde el balcón—. «Pero antes, no escatimen con la munición. Pidan más si es necesario. Y dejemos clara una cosa: el poder lo tiene el pueblo. Vayan organizándose y todo será mejor ¡Que nadie intente ser superior o será ajusticiado!» —Acabo el discurso totalmente poseído—. Me creo dios al ver a los olvidados caminando con dignidad, aunque sienta los espasmos cada vez más fuertes y continuos. El timbre de casa suena con intensidad. Esta vez me acerco a abrir en persona. El compañero de piso viene acompañado por un ser extraño, que hubiera jurado que no era un humano, si no fuera por mi estado de percepción altamente alterado. Cuenta una historia increíble, pero nada me asombra, después de todo. No sé qué creer. Parece ser que el tiempo y el espacio me han jugado una mala pasada. Al adelantar y atrasar la hora a mi antojo, todo se ha descontrolado y una cuarta dimensión es ahora la cruda realidad del planeta Tierra, que pronto será inhabitable. Pasado, presente y futuro juntos en el mismo lugar, dando paso a un encadenado de catástrofes y desbarajustes en el ADN humano. Sin lugar a dudas, después de pasar por un periodo de consanguinidad global, la especie degenerará y lo que conocemos como raza humana, acabará por desaparecer, sufriendo cruelmente la tempestad de las consecuencias. —Pero vamos… que no me siento culpable. Digo yo… que si no es por una cosa, será por otra. Al final iba a pasar lo mismo. ¡Que no hubieran experimentado conmigo, hostia! ¿Qué esperaban esos seres galácticos, de este simple mortal?

Solo un deseo más. Otra noche a la fresca, mirando por el balcón. Me acosté y al despertar, nunca antes había dormido.

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